lunes, agosto 08, 2005

Categorías impropias

Esta es la trama de una serie (atención: spoilers de las 5 temporadas!):
Una noche el grupo de B. se divierte por la noche. B. se liga a J., o quizá es al revés y viven una apasionada historia de amor a lo largo de todas las temporadas, superando el complejo de Peter Pan de B. y una paliza que le dan a J., infidelidades, complicaciones familiares y amistades traicionadas.
La amistad entre B. y M., forjada desde su infancia, se ve amenazada por sus cambios de formas de vivir, amores posesivos y tensión sexual no resuelta.
Pero M. y J. forman, asombrosamente, una colaboración profesional y hasta una amistad, lo que por supuesto causa fricciones entre B. y J.
A todo esto, hay una historia de amor entre E. y T., del grupo de B. y M., pero que termina por una adicción a drogas.
Intervienen, por supuesto, enfermedades mortales, otras no mortales pero sí embarazosas, casos policiales y sexo en aviones, bastante más peligroso de lo que parece.
Ah, hay dos bebés por medio, bodas, divorcios, juicios, muertes, viajes, carreras ciclistas, cirugía estética y mucho baile en discotecas (viva el clubbing).

¿Cómo definiríais esta serie? ¿Culebrón? Pues hace unos días me lo preguntaron y dije: “va de gays”. Sí señor, y me quedé tan pancha. Porque todas las iniciales que he mencionado son nombre de tíos, ¡sorpresa! (o no).

La serie en cuestión se llama Queer as folk (versión de EE.UU.). Básicamente es un culebrón, pero sus protagonistas son gays, y esa etiqueta define la serie, tanto si quiere como si no. Es una serie de gays. Hay series de policías, de médicos, de asesinatos en serie, de casos de desaparecidos, de naves espaciales (huyendo, descubriendo, luchando, volviendo a casa...), hay de avatares del Cielo y el Infierno, puertas estelares, guerras, mediums que discuten con fantasmas, matemáticos que ayudan a resolver crímenes, de 4400 personas desaparecidas a lo largo del siglo XX y que de repente vuelven todos a la vez, historias de barrios y sus amas de casa, sagas familiares, viñedos y petróleo, gente perdida en una isla (dos que recuerde ahora mismo), espías súper poderosos, etc.

¿Quedaría algo sin esas etiquetas que definiera la serie? A veces; algunas se recuerdan por sus personajes. La gente conecta con la gente, y no le importa si este personaje es del FBI o no, solo que es mono, habla con su secretaria Diane a través de mensajes grabados en una minigrabadora y que le encantan los árboles del estado de Washington. ¿Qué importa si resuelve o no quién mató a Laura Palmer?

Queer as folk tiene personajes sólidos, historias no tan sólidas (sobre todo después de la primera temporada) y un mensaje socializador y moralizante: los gays tienen las mismas vidas y los mismos derechos que los demás (aunque el sexo sea diferente, ya lo decían en Barrio Sésamo, delante, detrás... lo importante es la colocación, nos lo inculcan desde pequeños).

¿Por qué ponemos tantas etiquetas a las series? ¿Al arte en general? Supongo que no es difícil saber la razón, al fin y al cabo, todo el saber humano se fundamenta en categorizaciones, etiquetadas, comunicadas y razonadas mediante el lenguaje. Hasta ponemos nombre a lo desconocido, y si no que nos lo explique Mulder y sus ovnis, que no ya O.V.N.I.S.

Las personas también somos etiquetadas y nos etiquetamos con gusto: un ponme esto aquí, quítame esto allá. A veces cuantas más mejor, ¡a rellenar la cuartilla! Motes, pandillas, complejos, aspiraciones y fracasos que forman nuestra cara al exterior, en una suerte de espejo para deslumbrar al otro.

Esto me recuerda al momento cuando la protagonista de Labyrinth (1986) empieza a almacenar todos los objetos que alguna vez ha poseído, no puede desprenderse de ninguno y llega un momento que estos casi la asfixian por su peso (siempre pienso en esa escena cuando hago limpieza de mis cosas, qué influencia tendrán los clásicos adolescentes en nuestro inconsciente). Moraleja: un exceso de etiquetas mata. Segunda, e irónica, moraleja: no tires los papeles importantes, la Administración siempre te los va a reclamar y NO EXISTES sin papeles. Lo demás, ¡olvídalo!

¿Cuáles son nuestras etiquetas?
Nuestro nombre es la primera y más inconfundible: somos hijos de nuestros padres y llevamos su nombre, somos hermanos, tíos, primos, hijos y padres, y es el núcleo familiar el más “original” en el sentido de primigenio: las sociedades se fundamentaron en primera instancia alrededor de familias, clanes, tribus, y ese legado lo conservamos bien cerca. ¿Quién eres?

Nuestras ocupaciones: somos trabajadores, estudiantes, amas de casa, jubilados y parados, quizá hasta vagabundos, quizá hasta emigrantes. Desde médicos hasta albañiles, sueldo arriba o sueldo abajo, horario continuado o jornada partida, vidas que dependen de nosotros o nuestras vidas que dependen de otros. ¿Qué haces?

Nuestro cuerpo: mujer, hombre, transexual, bajo, alto, rubio, moreno, dientes blancos, orejas pequeñas, labios finos y tripa gruesa. Y por supuesto, nuestra raza; blancos, negros, amarillos, rosas, azules o púrpuras. ¿Cómo eres?

Nuestros gustos: sopa, verduras, carne, pescado o todo o nada, cómics, novelas, ensayos, viajar, dormir, tecno, pop, rock, playa, montaña, pollas o chochos o ambos, días nublados, días soleados, cine, teatro. ¿Qué te gusta?

En una especie de juego podemos combinar de formas múltiples todas las categorías, como hacíamos en nuestra infancia con las muñecas recortables (ahora lo hacen con Mr. Potato). Así, si tenemos, por ejemplo, “Sara, mujer, estudiante, le gustan las verduras y las mujeres”, que no sería lo mismo que “Sancho, hombre, estudiante, le gustan las verduras y las mujeres”. Las combinaciones, menos mal, son infinitas.

Pero, ¿qué pasaría si nos quedáramos sin esas etiquetas? ¿Qué, quiénes, seríamos? ¿Seguiríamos siendo alguien? Nuestro caso no es como el de Delenn cuando viene a visitarla el Inquisidor, a nosotros no nos redime el amor. Eso es utopía, esto es realidad. A nosotros no nos redime nada.

Bueno, siendo optimistas, quizá nuestras acciones. Vaya, qué calvinista suena eso.



PD 1ª. A propósito de Haunted: que vivan Australia y el IRC.

PD 2ª. Y esto me vino por email (gracias Carlos!) cuando el gobierno dijo sí a los matrimonios gays. Más etiquetas en un juego-denuncia social ;-)

Espero no herir sensibilidades, ya que los católicos no son amigos de hacerlo. Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad.
Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos.Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas.

También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas.
Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo.
Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!".
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño.Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

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